Una palabra al sabio

UNA PALABRA AL SABIO

Max Heindel

El fundador de la Religión Cristiana emitió una máxima oculta cuando dijo: "Cualquiera que no reciba el reino de Dios como un niño pequeño no entrará en él". (San Mateo X:15). Todos los ocultistas reconocen la inmensa importancia de esta enseñanza de Cristo y tratan de vivirla de día en día.

Cuando una filosofía nueva se presenta al mundo es acogida de diversa forma por las diferentes personas.

Una persona se apodera con avidez de cualquier nuevo esfuerzo filosófico tratando de ver en qué proporción sostiene sus propias ideas. Para tal persona la filosofía en si misma es de poca importancia. Tendrá valor si vindica sus propias ideas. Si la obra satisface sus esperanzas en ese aspecto, la adoptará con entusiasmo y se adherirá a ella con el más irrazonable partidismo; en caso contrario, probablemente arrojará el libro con disgusto, como si el autor le hubiera hecho una injuria personal.

Otro adopta una actitud escéptica tan pronto como descubre que la obra contiene algo de lo que él no había leído u oído hablar anteriormente o sobre lo que aún no se le había ocurrido pensar. Y probablemente rechazaría como extremadamente injustificable la acusación de que su actitud mental es el pináculo de la satisfacción e intolerancia propias;  y de esa manera cierra su mente a toda verdad que posiblemente puede estar contenida en lo que su mano rechaza.

Ambas personas se mantienen en su propia luz. Sus ideas petrificadas las hacen inasequibles a los rayos de la Verdad. Un "niño pequeño" es precisamente lo opuesto de los grandes en ese aspecto. No está imbuído por el abrumador sentimiento de superioridad, ni se siente inclinado a aparentar ser sabio o a ocultar su ignorancia sobre cualquier asunto con una sonrisa o burla. Es francamente ignorante, no tiene opiniones preconcebidas ni prejuicios y es, por lo tanto, eminentemente enseñable o instruible. Toma todo con esa hermosa actitud de confianza que hemos designado con el nombre de "fe infantil", en la que no hay ni sombra de duda. Allí conserva el niño las instrucciones o enseñanzas que recibe hasta que comprueba su certeza o falsedad.

En las escuelas ocultistas se enseña al discípulo a olvidar todo cuando se le da una nueva enseñanza, no permitiendo el predominio ni del prejuicio ni de la preferencia, conservando la mente en un estado de calma y digna expectativa. Así como el escepticismo nos ciega a la verdad en la forma más efectiva, así también esa calma, esa actitud confiada de la mente, permitirá a la intuición o "sabiduría interna" el apoderarse de la verdad contenida en la proposición. Esa es la única manera de cultiva una percepción absolutamente cierta de la verdad.

No se pide al discípulo que admita a priori que un objeto dado que ha observado como blanco, sea realmente negro, ni tal afirmación se hace; pero debe cultivar una actitud mental tal, que "admita todas las cosas" como posibles. Esto le permitirá dejar de lado por el momento hasta lo que se considera generalmente como un "hecho establecido" e investigar si existe algún otro punto de vista desde el cual el objeto de referencia pueda aparecer negro. Ciertamente, no se permitirá considerar nada como un hecho establecido, porqué comprenderá perfectamente la importancia de que hay que mantener la mente en el estado fluídico de adaptabilidad que caracteriza al niño. Comprende con todas las fibras de su ser que "ahora ve las cosas como a través de un cristal empañado" y como Ayax, está siempre alerta, anhelando "Luz, más luz".

La gran ventaja de tal actitud mental cuando se estudia un asunto, idea u objeto dados, es evidente. Afirmaciones que parecían positivamente contradictorias (y que han causado discusiones interminables entre sus respectivos partidarios) pueden, no obstante, conciliarse, como se demuestra en un ejemplo mencionado en esta obra. La mente abierta es la única que descubre la concordia, sin embargo, y aunque se encuentre que esta obra difiere de otras, el autor demostraría a un auditorio imparcial las bases del juicio subsiguiente. Si se "pesa" este libro y se encuentra "falto de peso", el autor no se lamentará. Lo único que teme el autor es el juicio prematuro basado en la falta de conocimiento del sistema por el que aboga; que se diga que la obra no tiene fundamento, por no haberle dedicado antes una atención imparcial. Y debe decir además que la única opinión digna de tenerse en cuenta es la que está basada en el conocimiento.

Hay una razón más para que se tenga mucho cuidado al emitir un juicio, y que para muchos les es sumamente difícil retractarse de cualquier opinión expresada atolondrada o prematuramente. Por lo tanto , se ruega al lector suspenda sus opiniones, sean de elogio o de crítica, hasta que el estudio de la obra lo haya satisfecho razonablemente sobre su mérito o demérito.

Decir que esta es una exposición infalible sería lo mismo que pretender que el autor fuera omnisciente, y aún hasta los Hermanos Mayores nos dicen que a veces se equivocan en sus juicios, así que un libro que pretenda decir la última palabra sobre e misterio del mundo, está fuera de toda discusión, y el autor no pretende dar sino las enseñanzas más elementales de los Rosacruces.